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En un domingo cargado de humedad y vino, en ese estado previo a la siesta en la cual nada importa más que alargar esa previa ya ganada, estirar ese triunfo cotidiano porque seguro termina bien:tirado en posición horizontal y babeando. Me acomode boca abajo con la boca semi abierta para más placer. Y ahí apareciste, tan aleatorio como cuando se me termina un disco del Indio y suena Las Pelotas después.  Fue justo en ese momento en el querealmente no sabés si estás dormido o despierto, probablemente las dos al mismo tiempo, aunque en realidad es que estás dormido pero muy muy liviano (o sea no). Aparecimos en un campo, que después fue un auto, que después fue un viaje que podía ser cualquier viaje. Como si viera un cubo desde arriba, que se ve cuadrado pero se percibe  que hay algo más, vi unos días de nuestro viaje en unos momentos. Caminando de la mano y riendo como me enseñaron a soñar en los '90, había mates, música y sonrisas que no conocía. Había peleítas que me daban ansi...
 20 de Enero de 2022 Las dudas más grandes de todas - las pesimistas obvio: "¿Vamos a morir o solo vamos a sufrir muchos años para llenar medio párrafo en los no libros de historia del futuro*?" - aparecen cuando las más básicas están resueltas: el desayuno de hoy lo compré ayer, gracias Nico del pasado por pensar en mí. ¿Pero no era mejor dejarme esa duda cotidiana ("¿Qué verga desayuno hoy?", tal como se concretiza esa duda teórica) para no pasar a cuestiones más esotéricas y deprimentes? Te lo respondo comiendo una medialuna: no pa, ni en pedo.  También está la parte gris. La parte que piensa para atrás, desde atrás, casi desde el fondo. La que baja línea al son de "¡Qué verga hiciste ahí!" o la peor, la más cruel, que entra en la cabeza con la voz de la sole y se te instala como ese tema que escuchaste y no te podés sacar de la cabeza  ("Por esos días por venir por este brinidis para mí por regalarle a la intuición  el alma mía Porque los días se ...
J empezó a cruzar 9 de Julio como solía hacer, apurándose hasta la mitad y descansando ahí, mientras intentaba armar un cigarrillo. Miró al Obelisco y después esperó para cruzar Avenida de Mayo de cara a Evita en pleno discurso - aunque en ocasiones, recordó con una sonrisa, le encantaba pensar que en realidad se estaba clavando una hamburguesa completa. Al frenar, notó que el paquete que llevaba abajo del brazo le temblaba, bailando al ritmo que marcaba el movimiento involuntario de sus piernas. También transpiraba, aunque eso ya se había convertido algo normal. Sin dudas, había perdido práctica para robar. Ya no tenía esa soltura y solidez que demostraba en aquellos años anteriores, cuando llevar un paquete como el que le pesaba kilos bajo el brazo era algo de todos los días. Salir de su casa para ir a trabajar por el centro era sólo una excusa para después hacer lo que realmente lo apasionaba y llenaba: robar. Era su forma de vida, su vida. Al menos, hasta el día en que todo salió...
Solo vos Podes hacerme llorar En una noche turbia Llena de barrio y agua Donde es tan fácil llorar
Y era esa la sensación que había buscado toda la noche. La de correr y además sentir que te movés. La de jugar la final del mundo con alguien al lado que se separaba de las sábanas para irse a bañar. La de dejar de entender lo que pasa simplemente porque no necesitás entenderlo. Un cambio de escenario es eso. La casa del campo que no se parece a la casa del campo aunque sabés que lo es. La búsqueda de la hamaca paraguaya, que está más lejos de lo que pensabas. El ¿olor? a asado, al humo, al truco, al vino y a las charlas del clima y del viento. Y alguien que ocupa tu hamaca a la hora de la siesta. Alguien que no sabés quien es, y está ahí. Que se balancea con un pie contra el alambrado. Una persona que sin duda va a aclarar todo, y Good Day Sunshine. No, no puede ser. Sí, tengo algo para reírme. No, te juro que no. Que hamaca.   Pero ellos insisten con lo de Good Day Sunshine para arrancarme de eso, de la hamaca, del campo, del viento, del asado que ahora es Beatles, frío y techo. ...
Vení, vení, pasá, sentate por acá. No, no me sorprende para nada verte. De hecho, siempre supe que ibas a volver, sólo que no sabía cuando. ¿Querés algo para tomar? ¿Té? ¿Mejor café, no? No te veo bien, tenés cara de cansado. Bueno, si, es verdad, siempre tuviste ojeras, pero no te veo bien. Tomate un café, dale. Bueno, ¿cómo estás vos? Dale, contame. No me revolees los ojos así, te conozco. No, para nada, no lo tomo como una falta de respeto, hay confianza, no seas gil. Pero evidentemente no querés hablar de como estás....
Entro a la oficina, como todos los días. Al saludar a mi compañero de trabajo, veo, como siempre, la fotos de dos chicas (muy distintas entre sí) arriba de su agenda. Sé que no tiene hijas, por lo que siempre pensé que eras un sobrinas o ahijadas, recuerdo de su comunión (tiene una fecha alguna de las fotos). Prendo mi computadora con el pie, no sea cosa que tenga que agacharme, me siento a ver que es lo que hay para hacer mientras escucho de lejos un radio. Trabajar en las oficinas administrativas de los cementerios siempre fue algo poco problemático en mi vida. Desde mi perspectiva atea y un poco cientificista, sumado a la abrumadora y alienante burocracia que implica el negocio estatizado de la muerte, siempre pude convivir con el hecho de trabajar entre cruces y bóvedas. Mi contacto con el objeto de mi trabajo tiene demasiadas cosas en el medio (papeles y más papeles) como para que de alguna manera la muerte se convierta en un problema en mi vida. Los papeles, burocracia, pasos ...