Sentirse en casa
Son unos segundos. Inesperadamente después de tomar y comer como si no hubiera mañana (no lo hay), uno se relaja. Sentirse como en casa debe ser la conjunción de estar muy a gusto sin responsabilidades que estén acechando. En Argentina uno puede sentirse en casa en varios lugares, siempre y cuando se esté rodeado de amistades y algo para compartir. Aunque también puede ser que la sangre se redistribuya y solo podamos estar mareados pensando en pocas cosas.
No hay nada mejor que dejar el ego colgadito en el perchero justo antes de salir. Caminar con amigos que se adelanten naturalmente. Confiando en vos; olvidándose de vos. No creo que lo sepan (tampoco se los puedo decir, el spoiler arruinaría el efecto), pero es exactamente lo que disfruto: ver sus espaldas, que a mi no me importe que se alejen; que a ellos no les importe dejarme atrás.
No hay metáforas que ayuden a entender un poco mejor la situación; básicamente porque no hay metáforas en la situación. Es lo difícil de hablar del cuerpo. Yo me olvido de mis problemas, ellos también se olvidan (de los suyos y de los míos), como cuando eramos chicos y corríamos carreras: no había consideración por absolutamente nadie ni nada de lo que le pasara al otro. Solo queríamos ganar.
Obviamente no voy a ganar ni decir que yo ya gané (no era una carrera). No pasan más que unos segundos hasta que alguno frena, probablemente inventando(se) una excusa en su cabeza que se ve torpe en la vida real. El momento se termina y yo, paradójicamente, me doy cuenta de que gané.
Apuro el paso como reconocimiento acompañado con un fino colchón de humor negro y nos ponemos a la misma altura, a mitad de camino. En casa.
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