Cuando estás acostumbrado a llegar tarde a todas partes, llegar muy temprano a algún lado es, de mínima, incómodo. Anoche, por ejemplo, estuve 10 minutos esperando a que llegue la persona con la que iba cenar. Minutos suficientes para ir y venir 4 veces, comprarme un libro y anotar 3 películas que quiero ver. Todo por no saber qué hacer. Igual hace falta aclarar que no me pasa muy seguido: de hecho, siempre llego tarde, quizás para evitarme esos minutos molestos. Hoy crucé la estación y me di cuenta que estaba llegando una hora temprano. Después de considerarlo durante mucho tiempo (el frío y el sueño se combinan haciendo que la realidad sea excesivamente más veloz y concreta que lo que puedo captar con todo mi cuerpo), opté por entrar en el bar de la estación. Ahí iba a estar protegido del viento, podía tomar algo caliente sin posibilidad de gastar en exceso, un café con tres medialunas y ya, leer algún diario, algún libro de los que están tirados en la mochila, mirar la pared, l...
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