-Sí, qué se yo. Bah, no, sí, sí, estoy bien. Igual te diste cuenta ya, imagino. Me costó afirmarlo. Todo me cuesta últimamente. Le pongo mucha onda, eh. Pero me cuesta un huevo. Intento hacer todo lo que tengo ganas de hacer, pero todo cuesta el doble. Pero estoy bien. Sí, es necesario recordarmelo a cada momento: estoybienestoybienestoybien mientras esquivo las líneas de cemento que unen las baldosas, misión imposible si calzás 45. Mejor es jugar al fútbol con algo que esté dando vueltas por ahí, eludir a dos rivales que por imaginarios no son menos difíciles de superar, e intentar definir al lado de un palo, que por suerte se mueve en nuestra cabeza y se ajusta a la realidad (no así la vecina, que se queja del piedrazo). Pero la coyuntura sociohistórica me recuerda que de chico lo único que hice fue atajar. Qué mierda sé de la pelota en los pies, que mucho que me sirven para caminar y trasladarme por los lugares que hoy conforman mi vida, que cada vez sospecho más que no la elegí y...
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